jueves, 22 de junio de 2017

22 de junio de 1941 - Se da inicio a la "Operación Barbarroja": los ejércitos de Hitler y sus aliados invaden la Unión Soviética

En el apogeo de la Segunda Guerra Mundial, el 22 de junio de 1941 marcó el comienzo de la Operación Barbarroja: los ejércitos de Adolf Hitler y sus aliados invadieron la Unión Soviética, rompiendo un pacto firmado con Josef Stálin. Es considerada la mayor y más feroz campaña militar en la historia en términos de movilización de tropas y las bajas sufridas.

La invasión, que tenía alrededor de 3,6 millones de soldados entre los alemanes y sus aliados, representó la ruptura del pacto Ribbentrop-Molotov (o tratado de no agresión), extraña alianza firmado por Alemania y la URSS el 23 de agosto 1939, que dejó perplejos a los comunistas y los gobiernos democráticos del mundo. El pacto, sin embargo, había cumplido su función. Stalin logró ganar tiempo retrasar el inevitable conflicto con Alemania, conociendo las deficiencias militares de la Unión Soviética. En cuanto a Hitler, le sirvió para preparar mejor a sus fuerzas y no tener que luchar en varios frentes. Al ordenar la invasión de la Unión Soviética, Hitler quería asegurar la victoria sobre Inglaterra. Se creía que Gran Bretaña sólo podía resistir con la ayuda de los soviéticos o los Estados Unidos. Sin embargo, dada el relativo aislacionismo de Estados Unidos, Hitler pensó que era necesario eliminar a los rusos del escenario de guerra.


Hitler quería llegar a Moscú en dos o tres meses: se le llamó "blietzkrieg" o guerra relámpago, con una gran concentración de hombres y recursos en un momento dado, un rápido despliegue y el apoyo de la fuerza aérea. Después de los primeros éxitos - más de 600 km conquistado en tres semanas - Hitler exigió el comando militar de la toma de Moscú, terminando el ataque a la URSS en octubre, pero no previo la fuerte resistencia soviética y la llegada prematura del invierno, el peor de las últimas décadas. El "General Invierno" alcanzó en su totalidad, por segunda vez en la historia, a un gran ejército invasor: la primera fue en 1812, lo que socava las tropas de la Francia de Napoleón. mal equipado para lidiar con bajas temperaturas, la Wehrmacht (las fuerzas armadas de Hitler) no pudieron alcanzar sus objetivos. Moscú no fue tomada y los alemanes, solo consiguieron llegar a tan solo 80 kilómetros de la capital y rechazados.

La evolución de los planes de invasión
1. El plan "Marcks" preveía un avance: a través de la Rusia Blanca central. en dirección a Smolensk y coordinado con dos movimientos. también de avance. por el Sur. hacia Kiev. Moscú seria el próximo e importante objetivo. Las acciones desarrolladas en los flancos exteriores de ambos Ejércitos. en las proximidades del Báltico y del mar Negro. serian operaciones diverso/as para enmascarar los citados avances al norte v al sur de los pantanos del Pripet. 

2. La variación aportada por Franz Halder al plan original se limitaba a añadir, a las dos direcciones de avance, una tercera: Leningrado se convertía en el principal objetivo en el Norte y el ataque a Moscú se potenciaba a expensas del previsto contra Kiev Los objetivos finales señalaban un ulterior avance desde Arjánguelsk al Volga. el cual se habla esbozado de un modo muy vago. 

3. La variación de Hitler al plan: Todo el Peso de la invasión se desplazaba decididamente al Norte. Leningrado se convertía en un importantísimo objetivo estratégico. Moscú debía conquistarse en segundo lugar. Y las operaciones en Rusia meridional se limitarían al principio a la ocupación de Ucrania. al oeste de Kiev.  Las tres variaciones señalaban como objetivo final el aniquilamiento del Ejército ruso mediante grandes batallas de cerco en los Estados bálticos. Rusia Blanca y Ucrania. a fin de prevenir y evitar la retirada de las tropas rusas al interior de su territorio. 

Hipótesis sobre la estrategia soviética 
En el transcurso de la primera semana de abril de 1941 Halder había indicado que "el despliegue de las tropas soviéticas era preocupante" y, teniéndolo en cuenta, no se podía descartar la posibilidad de una ofensiva estratégica por su parte. Pero al cabo de un mes, poco más o menos, aquellos temores fueron desechados y en el estudio de la situación se destacaron los siguientes puntos: 
  • la estrategia rusa era defensiva: su Ejército estaba comprometido en mantener la posesión de las bases aéreas y navales del Báltico, así como de la orilla meridional del mar Negro; además, protegía Ucrania, las regiones industriales de Leningrado y Moscú; 
  • a causa de lo precario del sistema de transmisiones y de las vías de comunicación, era impro-bable que los rusos pudieran cambiar radicalmente el despliegue de fuerzas en breve tiempo. No se había advertido ninguna señal que sugiriese una maniobra de aquella clase y una «ofensiva preventiva era, por lo tanto, improbable»; 
  • los cambios introducidos en los sistemas soviéticos todavía no habían dado resultados que permitieran aconsejar una estrategia ofensiva. El mando ruso no supo aprovechar, para desencadenar un ataque preventivo, ocasiones más favorables que se presentaron tiempo atrás, lo que hacía poco posible que se decidiera a hacerlo en aquel momento. 

El ataque
Hombres y máquinas estaban cuidadosamente enmascarados y ocultos en los grandes bosques de Augustow. El 19 de junio, en Bielostok se descargaron piezas de artillería y material pesado para puentes. Los hombres del ala septentrional del Grupo de Ejércitos Sur, de Gerd von Rundstedt, efectuaron un reconocimiento en el que estudia-ron el terreno donde se desarrollaría el ataque desencadenado desde la orilla meridional del Bug; asimismo observaron las fortificaciones soviéticas situadas al otro lado del río y escalonadas en profundidad. Por su parte, el Grupo de Ejércitos Norte proyectó salir, aprovechando la niebla matutina, y atacar las trincheras rusas tras una mínima preparación artillera. Basándose en las informaciones obtenidas, los comandantes de las fuerzas terrestres y de la aviación eligieron los objetivos en la propia zona de operaciones, que a su vez serian objetivos de la Luftwaffe. A partir del 19 de junio, los buques de guerra germanos comenzaron a sembrar campos de minas en el mar Báltico y los submarinos se dirigieron a los sectores que les estaban asignados. A las 13 horas del 21 de junio se informó a los comandantes de que la Operación «Barbarroja» comenzaría según estaba previsto. El mediodía de aquel sábado, desde su puesto de mando subterráneo "Wolfschanze" (cueva del lobo), situado en Rastenburg, Prusia oriental, Hitler escribió a Mussolini para revelarle, al fin, el secreto de la Operación y decirle que había tomado irrevocable-mente «la más difícil decisión» de su vida. 

Un informe sobre la situación, presentado el 21 de junio, indicaba que, por parte soviética, no había ningún cambio en el despliegue de las fuerzas. Los Brandenburger y los regimientos especiales ya estaban cumpliendo sus misiones, en muchos casos vistiendo uniforme militar ruso. Los aviones alemanes, cargados de bombas, realizaban sus últimos vuelos "pacíficos" mientras escrutaban la frontera de la Unión Soviética. Los estrategas de la Luftwaffe habían propuesto que, exactamente al alba del 22 de junio, los bombarderos se mantuvieran a gran altura sobre los aeródromos soviéticos, a los que podrían localizar con toda precisión gracias a las fotografías obtenidas durante los vuelos de reconocimiento. El Ejército del Este mantuvo el más completo silencio por radio. Sólo poco después de medianoche del 21 de junio, los jefes de las Grandes Unidades transmitieron las señales de llamada para pedir que las unidades subordinadas confirmasen que se hallaban dispuestas. La corta noche estival iba a terminar: las piezas de artillería de las divisiones de asalto y de las fuerzas de apoyo estaban preparadas para hacer fuego sobre los objetivos; los carros de combate que dirigían las formaciones acorazadas se hallaban prontos a iniciar la marcha; los soldados de infantería observaban las luces de cola de los aviones de caza germanos y de los Stukas que se alejaban en dirección a Oriente, hacia los objetivos que les habían señalado. Eran las 3 de la madrugada del domingo día 22 de junio de 1941. 


Cronología
22 de junio: comienza la Operación 'Barbarroja". Los Grupos de Ejércitos Norte (Leeb) del Centro (Bock) y Sur (Rundstedt) penetran en territorio soviético, avanzando, respectivamente, sobre Leningrado, Moscú y Kiev. En el Norte y en el centro, el avance no encuentra grandes obstáculos: pero, en el Sur. Rundstedt se encuentra con una encarnizada resistencia. 
26 de junio: en el centro, y después de un asedio de cuatro dias, cae Brest-Litovsk. Los "panzer" de Manstein (Grupo de Ejércitos Norte) entran en Dáugavpils.
24-30 de junio: el Grupo de Ejércitos del Centro limita la resistencia soviética a las zonas de Bialystok, Novogrudok y Volkovisk.
1 de julio: en el centro, los "panzer" de Heinz Guderian cruzan el Beresina. Las unidades de cabeza "panzer" del Grupo de Ejércitos Norte, cruzan el Dviná y avanzan sobre Pskov. 

4 de julio: el Grupo de Ejércitos Norte ocupa Ostrov y alcanza la antigua frontera rusa anterior a 1939. 
9 de julio: el Grupo de Ejércitos del Centro pone fin a la resistencia soviética en la bolsa de Minsk y conquista Vitebsk 

Prisioneros rusos en Minsk
10-11 de julio: los "panzer" del Grupo de Ejércitos del Centro cruzan el Dnieper. En el Sur, fracasa la contraofensiva lanzada por los rusos contra los Ejércitos 5 y 6: los "panzer" de Paul Ludwig Ewald von Kleist llegan a 15 km de Kiev. 
15 de julio: la ruptura del frente lleva, en el centro, al cerco y a la caída de Smolensk: 300.000 rusos quedan así entre Orsha v Smolensk. 
20 de julio: en el centro, Fedor von Bock ordena a Guderian cerrar el anillo de Smolensk antes de iniciar cualquier otro avance hacia el Este.
22 de julio: tras un mes de rápidos avances. el Grupo de Ejércitos Norte se ve obligado a detenerse al oeste del lago limen, a causa del agotamiento de sus tropas. 
30 de julio: en el Sur, Kleist cerca a las tropas soviéticas concentradas en Umán. 
3 de agosto: Kleist y Carl-Heinrich von Stüpnagel aíslan, en el Sur, la bolsa de Umán; los brazos de la tenaza se cierran.
5 de agosto: cesa la resistencia soviética en la bolsa de Smolensk: el Grupo de Ejércitos del Centro ha conseguido penetrar a la altura del "puente de tierra" de Smolensk: pero todavía debe hacer frente a algunos encarnizados contraataques rusos. En el Sur, fuerzas rumanas inician el asedio de Odesa, que se prolongará durante 73 días. 
12 de agosto: Hitler insiste en la necesidad de romper el frente sudoccidental soviético antes de iniciar el avance en el centro, mientras Guderian se dirige al Sur, hacia Gómel y Starodub. El Grupo de Ejércitos Norte avanza sobre Leningrado desde la cabeza de puente de Luga. 


23-30 de agosto: Guderian se dirige al Sur: el comandante en jefe del frente soviético, Eremenko, se prepara, con algún retraso, a prevenir la inminente amenaza a espaldas de Kiev. 
25 de agosto: los "panzer" del Grupo de Ejércitos Sur fuerzan el paso del Dnieper en Dniepropetrovsk; queda abierto el camino al brazo meridional del movimiento en tenaza alemán, que intenta cercar a las fuerzas soviéticas concentradas entre Umán y Kiev. 
30 de agosto-2 de septiembre: fracasa la contraofensiva lanzada por Yoriomenko sobre el flanco de Guderian. 
12 de septiembre: Kleist se dirige hacia el Norte desde las cabezas de puente de Cherkassi y Kremenchug. 
15 de septiembre: los brazos externos del movimiento en tenaza se cierran: las unidades de vanguardia "panzer" de Kleist y Guderian convergen en Lojvitsa, aislando cuatro Ejércitos soviéticos
17 de septiembre: el STAVKA ordena, con retraso, la retirada de las fuerzas soviéticas de Kiev. 
18-27 de septiembre: en el Sur, en la bolsa de Kiev, varias unidades rusas son destruidas o se rinden. Casi dos tercios del potencial del Ejército ruso existente al comienzo de la guerra, ha sido ya eliminado. 



sábado, 10 de junio de 2017

Cine e Historia - Fuga de Alcatraz


Título original: Fuga de Alcatraz
Año: 1979
Duración: 112 min.
País: EE.UU.
Director: Dom Siegel
Guión: Richard Tuggle (Novela: J. Campbell Bruce)
Productora: Universal / Malpaso
Reparto: Clint Eastwood,  Patrick McGoohan,  Roberts Blossom,  Jack Thibeau,  Fred Ward, Larry Hankin 
Música: Jerry Fielding. 
Fotografía: Bruce Surtees. 
Sinopsis: Drama basado en la historia real de tres presos que consiguieron escapar de la cárcel de alta seguridad de la isla de Alcatraz

San Francisco, 18 de enero de 1960. Frank Lee Morris (Eastwood), un preso muy inteligente especializado en fugas, es trasladado a Alcatraz, cárcel de máxima seguridad situada en una isla rocosa en medio de la Bahía de San Francisco. El Alcalde del lugar le asegura con su vida, que dicha prisión es una cárcel de la que no podrá escapar. Frank, en toda su trayectoria, nunca vio un reto tan fascinante, por ello, junto con otros presos, ideará un plan para escapar de Alcatraz. El y otros reclusos empiezan a preparar minuciosamente un plan de fuga que concretarían la noche del 11 de junio de 1962. Este hecho se ha convertido en un mito, y -según sugiere la película- provocó el cierre de la prisión. El protagonista es Frank Morris, un experto en fugas, que tras una charla con el alcaide de la prisión, ve su final predestinado fugándose de la prisión. Para ello se alía con otros tres presos más, y en la película, podemos ver como se llevó a cabo el plan de fuga minuciosamente.

La prisión

Emplazada en una isla descubierta por el español Juan Manuel de Ayala, en 1775, la cárcel estuvo en uso durante 29 años, desde 1934 hasta el 21 de marzo de 1963, albergando un total de 1545 reclusos.

Al encontrarse en una isla, todo el que quisiera fugarse tendría que atravesar a nado las frías aguas de la bahía, exponiéndose a sufrir una hipotermia o un ataque por parte de los supuestos tiburones que había en la bahía. Las duchas se llevaban a cabo con agua muy caliente para evitar que su cuerpo se acostumbrara al agua fría.


Para evitar los motines y las fugas, cada día se efectuaban trece recuentos individuales, seis de conjunto así como aquellos que se ordenasen de modo imprevisto.

La prisión contaba con 336 celdas, que nunca se ocuparon por completo. El número más alto jamás registrado fue de 302, y el número más bajo 222. El número medio de reclusos durante los 29 años de servicio fue de alrededor de 260. Había aproximadamente 1.545 hombres en total encarcelados allí, si bien se emitieron 1.576 números, más de treinta convictos fueron devueltos a Alcatraz con diferentes números emitidos.

En 1934, estando en Alcatraz, Alphonse Gabriel Capone, más conocido como Al Capone, se convirtió en uno de los reclusos más famosos de la cárcel. Capone, ya maduro, comenzó a mostrar signos de demencia, probablemente a causa de una sífilis sin tratar, que le contagió una prostituta siendo joven. Pasó gran parte de sus últimos años de reclusión en el hospital de la prisión y finalmente fue liberado el 16 de noviembre de 1939.

La fuga

Muchos meses, grandes dosis de paciencia, cucharas y cuchillos robados de la cocina de la prisión, unas cabezas de muñecos e impermeables de varios internos para construir una especie de balsa. Estos son los elementos que necesitaron Frank Morris y John y Clarence Anglin para protagonizar la fuga más famosa de la cárcel de Alcatraz, la prisión de máxima seguridad considerada hasta entonces un lugar infranqueable.

Cincuenta años después de este episodio, que ha inspirado novelas y películas, el paradero de los tres hombres que se escaparon sigue siendo un misterio. Algunas teorías apuntan a que fallecieron en las aguas de la bahía de San Francisco. Pero otros, incluido el agente Michael Dyke, el único oficial que sigue destinado a investigar el caso, consideran que "lograron la hazaña".

Ninguno de los tres era un delincuente de los considerados peligrosos. No eran asesinos ni violadores. Estaban en la cárcel por robar bancos, pero les trasladaron a la prisión de máxima seguridad entre 1960 y 1961 porque se habían fugado con facilidad de otros centros. De estar vivos, hoy serían octogenarios. Sus delitos prescribirán cuando cumplan 100 años.

Morris empezó a planear su fuga en cuanto llegó a Alcatraz. Tras observar la rejilla que servía de ventilación para las celdas, comprobó que tanto ésta, como la pared donde se encontraba empotrada no eran muy sólidas. Advirtió enseguida que arrancando el cemento de alrededor podría quitarla, y agrandar el agujero lo suficiente como para poder pasar a través de él y llegar al pasillo de mantenimiento, situado detrás y paralelamente a las celdas. Para lograr su propósito, fue ayudado por otros tres prisioneros y amigos: John Anglin, su hermano Clarence Anglin y Allen West. 

Los cuatro internos comenzaron la formulación de una estrategia de escape, bajo la dirección de Morris, el más inteligente de los cuatro, después de que se asignaron las celdas adyacentes en diciembre de 1961. Trabajaron por la noche durante los siguientes seis meses, ampliando gradualmente las aberturas de los conductos de ventilación en las paredes de sus celdas, utilizando hojas de sierra que encontraron desechados en los terrenos de la prisión, cucharas robadas del comisario, y una taladro improvisado a partir del motor de una aspiradora rota. Ocultaron los agujeros con cartón y pintura, y su ruido de trabajo con el acordeón de Morris.

El pasillo de mantenimiento no tenía vigilancia, desde ese lugar se subieron a la azotea de su bloque de celdas, en el interior del edificio, donde instalaron un pequeño taller. Allí, construyeron chalecos salvavidas y una balsa inflable a partir de más de 50 impermeables con las costuras cuidadosamente cosidas juntas y selladas con calor de las tuberías de vapor cercanas. Se robaron un pequeño acordeón de otro preso para utilizarlo como un fuelle para inflar la balsa, y construyeron improvisados remos con maderas de desecho. Por último, subieron un conducto de ventilación que conduce a un gran ventilador y la rejilla en el techo y cortaron los remaches que sostienen el conjunto en su lugar. 

Los hombres ocultaron su ausencia mientras se trabaja fuera de su celda y después de la fuga en sí, al esculpir cabezas de maniquí hechas con papel higiénico y jabón y pintadas con la pintura del taller de mantenimiento y cabello obtenido en el piso de la barbería. Con toallas y ropa apilados debajo de las mantas en sus literas y las cabezas de maniquí colocados en las almohadas, parecían estar durmiendo tranquilamente.


En la noche del 11 de junio de 1962, con todas las preparaciones completas, los hombres iniciaron su huida. West había utilizado cemento para apuntalar el desmoronamiento de hormigón alrededor de la abertura de ventilación, y se había endurecido, estrechando el agujero y fijación de la rejilla en su lugar. En el momento en que fue capaz de eliminar la parrilla y volver a ensanchar el agujero suficientemente, los otros se habían ido sin él; así que, simplemente, regresó a su celda y se fue a dormir. Posteriormente, West cooperó plenamente con los investigadores, dándoles una descripción detallada del plan de escape, y como resultado no fue castigado por su papel en ella. 

Según West, una vez en el continente, robarían un coche y ropa y continuarían su fuga por separado. El FBI los dio por muertos, ya que encontraron objetos personales de Morris flotando en la bahía. Además, no se registró ningún robo de vehículos ni en tiendas de ropa en los condados próximos a la isla de Alcatraz durante esos días. Sin embargo, nunca se encontraron los cadáveres de Morris y sus compinches, lo que impidió que el caso se archivase definitivamente. A día de hoy, continua siendo un misterio el desenlace de esta fascinante y audaz fuga. 


Frank Lee Morris

Según el historiador Michael Esslinger, quien compiló testimonios en su libro Alcatraz, a la cabeza del plan siempre estuvo Frank Lee Morris (Clint Eastwood), quien tras vivir en varios orfanatos, comenzó a delinquir a los 13 años. Luego de pagar condenas por robos a mano armada y arrestos por narcóticos se familiarizó con el sistema penitenciario y logró escapar varias veces. A tal punto llegó su fama, que las autoridades decidieron que solo Alcatraz podría contener a ese preso que se burlaba de ellos una y otra vez. Según su ficha, gozaba de una enorme inteligencia -un coeficiente de 133, propio de superdotados-, y gracias a su carisma personal conseguía hacer amigos allí donde recalaba. Allá llegó el 18 de enero de 1960, contaba entonces con 34 años de edad, dispuesto a cumplir una larga condena de 14 años como el prisionero AZ-1441

Por su parte los hermanos John (Fred Ward). y Clarence Anglin (Jack Thibeau), asaltantes de bancos, habían conocido a Morris antes en la penitenciaria de Atlanta y compartían su pasión por escapar. Por eso también estaban en ‘La roca’.

John Anglin

Nacido en 1930, en una familia de 14 hijos (7 varones y 7 mujeres) que tuvieron George Robert Anglin y Rachael Van Miller Anglin- Een la década de 1950 comenzó a robar bancos con sus hermanos y fue detenido en 1956. Fueron enviados a la prisión estatal de Florida, la Penitenciaria de Atlanta, donde se reunió con Allen West y Frank Morris. Luego fue trasladado a la penitenciaría de Leavenworth, antes de que se le trasladara a Alcatraz, donde recibiría el número AZ-1476 . John Anglin si le pillaran ahora estaría cumpliendo cadena perpetua por sus múltiples atracos de bancos y su condena acabaría cuando él muriera.



Clarence Anglin 

Nació en Donalsonville, Georgia, en 1931. La familia posteriormente se trasladó a Ruskin (Florida). Trabajó como agricultor y obrero, junto con sus demás hermanos. La primera vez que sorprendieron a Anglin fue cuando intentó robar en una estación de servicio, con apenas 14 años de edad. En la década de 1950 comenzó a robar bancos con sus hermanos y fue detenido en 1956 cuando intentó asaltar el Banco de Columbia, en Alabama. Fueron enviados a la prisión estatal de Florida y luego a la Penitenciaria de Atlanta, donde conoció a Allen West y Frank Morris. Más tarde fue trasladado a la penitenciaría de Leavenworth, para finalmente ser trasladado a Alcatraz, donde sería registrado como el recluso AZ-1485.

Allen West Clayton 

Nació el 25 de marzo de 1929. Condenado por el robo de vehículos en 1955, fue enviado a la Penitenciaría de Atlanta, y luego a la prisión estatal de Florida. Después de un intento de fuga fallido en Florida fue trasladado a Alcatraz en 1957 y se convirtió en el preso AZ-1335.

West fue el único conspirador que no participaron en la fuga real, porque era incapaz de terminar de quitar la rejilla de ventilación en su celda en el tiempo. Cooperó plenamente con la investigación de escape y no fue acusado por su papel en el intento. 

West fue transferido a McNeil Island, Washington, cuando Alcatraz fue desactivado en 1963, y más tarde, de vuelta a Atlanta Penitenciario. Tras cumplir su condena, seguido de dos frases adicionales en Georgia y Florida , que fue lanzado en 1967, sólo para ser detenido nuevamente en Florida el año siguiente por los cargos de robo a gran escala. FueEn la prisión del Estado de Florida que fatalmente apuñalado a otro preso en octubre de 1972, en lo que pudo haber sido un incidente por motivos raciales. Estaba cumpliendo penas múltiples, incluyendo la cadena perpetua en la convicción de asesinato, cuando murió de aguda peritonitis el 21 de diciembre de 1978, a los 49 años de edad. (El personaje toma el nombre de Charley Butts en la película, a cargo del actor Larry Hankin)

¿Por qué cerrar Alcatraz?

Principalmente debido al aumento de los costos y las instalaciones en deterioro. Operacionalmente, Alcatraz era la prisión más caro de cualquier institución estatal o federal. Se determinó que otras instituciones podrían servir al mismo propósito por menos costo.

A finales de agosto de 1962, los rumores de cierre de Alcatraz se confirmaron cuando las órdenes de transferencia de prisioneros comenzaron a fluir con la primera cadena oficial de seis internos fue establecido para la salida permanente a la prisión de Leavenworth, Kansas el 10 de septiembre de 1962. El 9 de agosto de 1962, el Director de la Oficina Federal de Prisiones, James Bennett escribió una declaración oficial a la prensa que anuncia su cierre y ofreció la penetración en su decisión. Tras un extenso estudio de ingeniería de las estructuras físicas para determinar la seguridad y la eficacia operativa, se determinó que Alcatraz deteriorado hasta el punto de que era potencialmente peligroso tanto para los internos y el personal. Las estructuras de soporte se encontraban en el punto en que pronto sería incapaz de apoyar a los bloques de celdas, o soportar un terremoto de magnitud significativa. Incluido en su informe eran referencias que las pasarelas para los oficiales ya no eran seguras, y el sistema eléctrico sufriría una falla una catastrófica “en cualquier momento.” Se concluyó que la inversión requerida sería superior  a cuatro millones de dólares y demandaría casi cinco años llevar a la cárcel de nuevo a un funcionamiento normal. Así, dejó en claro que los días de Alcatraz ahora estaban contados.
“La magnitud de la cantidad nos ha hecho volver a evaluar, con gran cuidado, la función que desempeña Alcatraz en nuestro sistema penitenciario. Seguimos creyendo que necesitamos una institución de este tipo para los artistas del escape, los internos hostiles, agresivos que no se ajustarán a otras instituciones, y para los , gángsters y matones. Creemos también que una institución de máxima seguridad de este tipo, teniendo régimen estricto con privilegios mínimos, es un elemento de disuasión del crimen de importancia. No obstante, no creemos que sería una política económica sólida para el Gobierno Federal invertir más de $ 4,000,000 en la reparación de Alcatraz ...”
Una vez que su cierre pendiente se anunció, la población se redujo gradualmente mediante la redistribución del preso de nuevo a otras prisiones federales. El 21 de marzo de 1963, se invitó a la prensa a ver la salida final de los últimos veintisiete presos.

Frank Weatherman (AZ-1576), que había sido recibido el último número de preso cuando llegó en diciembre de 1962, también sería el último preso en dejar la isla. Cuando miembros de la prensa le solicitaron a Weatherman sus pensamientos finales sobre Alcatraz, él simplemente dijo: "Alcatraz nunca fue nada bueno para nadie ..."


Alcatraz finalmente cerró debido al incremento de los costes de mantenimiento. Hoy en día recibe más de un millón de visitantes al año y alberga el faro en funcionamiento más antiguo de la costa oeste de los Estados Unidos.


viernes, 26 de mayo de 2017

Infierno en Tokio

El Gran Bombardeo de Tokio, por parte del ejército de los Estados Unidos, fue una tragedia muy conocida en el mundo, en la cual el número de víctimas causadas por las bombas incendiarias superaron las 100 mil personas. Los sucesos se desataron el 26 de mayo de 1945, cuando los aviones dejaron caer 8.250 bombas, incendiarias de 250 kilos cargadas de napalm. La ciudad quedó convertida en una enorme antorcha entre la cual, las personas que no habían quedado abrasadas por el primer efecto del combustible, buscaban refugio contra las llamas que hicieron que en la zona la temperatura alcanzase los 800ºC. A la mañana siguiente, en las calles yacían los cuerpos de aquellos que habían muerto asfixiados cuando los incendios agotaron el oxígeno del aire, y en los puentes de los ríos los de aquellos que fueron arrollados por la avalancha humana que huía del fuego, intentando encontrar refugio en los ríos. El agua de las acequias, albercas y piscinas se evaporó, y sus fondos estaban cubiertos por los cadáveres de los que se habían refugiado en ellas. Únicamente el cauce central de los ríos se convirtió en un refugio seguro, aquellos que buscaron repeler los bombardeos convencionales perecieron asfixiados. El 50% de la ciudad quedó destruida y el 20% de su industria inutilizada.

¿Qué es el Napalm?

El Napalm es un combustible que en términos generales se puede clasificar como gasolina gelatinosa. Originariamente el término napalm (derivado de las primeras sílabas de naftenato y palmitato, ácidos grasos) designaba a la droga que, al ser mezclada con gasolina, producía una gelatina incendiaria; actualmente se emplea para nombrar a esta gelatina y a sus derivadas.

El Napalm se quema con la violencia de la gasolina, pero su duración es mucho mayor, de manera que continúa en actividad después que se consuman los elementos combustibles con los que entra en contacto, madera, tela, papel y material orgánico.

En las guerras posteriores se ha usado también Napalm, por ejemplo en Corea y Vietnam. En las tres últimas guerras en Irak y Afganistán, EE.UU utilizo el napalm, que considera "legal", porque no firmó la proscripción de esas armas que las Naciones Unidas ordenó en 1980, debido a su naturaleza genocida.

En Europa, la experiencia había enseñado que era posible destruir objetivos concretos mediante un bombardeo efectuado desde la relativa seguridad de una gran altura, pero que, con frecuencia, se hacían necesarias algunas incursiones o incluso una incursión masiva para saturar la zona del objetivo.

Por lo tanto, el general Curtis LeMay tenía que resolver un espinoso problema. Disponía de una poderosa fuerza de bombarderos proyectados para volar a gran altura y a grandes distancias, pero la enorme cantidad de combustible que se requería para operaciones de este tipo determinaba que la carga de bombas fuera relativamente exigua; y luego, cuando los bombarderos no alcanzaban el objetivo, no podía asegurarse que éste fuera destruido. A este paso, el proceso de aniquilar la capacidad productiva japonesa sería demasiado largo, puesto que los múltiples centros de producción podrían ser trasladados a localidades menos accesibles. Los japoneses disponían aún de miles de cazas y de: bombarderos de reserva para el día en que los Aliados decidieran invadir su país; además, la producción de cazas continuaba incansablemente. y muchas de sus piezas se fabricaban en innumerables plantas industriales de dimensiones casi artesanales, que sería imposible localizar en los mapas de los Servicios de Información. Era necesario, pues, proceder a un cambio radical de táctica, y es posible que fuera la experiencia personal que el general vivió durante una incursión aislada sobre Hankow, la que provocó el cambio decisivo de estrategia que a su vez había de cambiar el rumbo de la guerra. Se trató, de una incursión combinada de la 14ª Fuerza Aérea de Chennault y del 209º mando de bombardeo, incursión que se efectuó a fines de 1944 y en la que se decidió lanzar un ataque con algunos de los B-29 a una altura inferior a los 10.000 m para que descargasen sobre Hankow bombas incendiarias, la operación fue considerada un gran éxito, y LeMay decidió comprobar si sería posible, mediante el mismo sistema, entregar a las llamas las mayores ciudades japonesas. 
El General Curtis Le May llevó a cabo bombardeos nocturnos desde baja altura con napalm con el objetivo de arrasar las ciudades japonesas cuyas casas estaban construidas mayoritariamente con madera. Si Estados Unidos hubiera perdido la Segunda Guerra Mundial, lo hubieran procesado como criminal de guerra, como él mismo reconoció oportunamente.
El objetivo para el primer ataque con bombas incendiarias fue Tokio, ciudad dotada de numerosas y eficientes defensas antiaéreas. El ataque se desarrollarla de noche, y era muy probable que los hombres de la artillería antiaérea fueran inducidos a error en cuanto a la altura de aproximación de los bombarderos: entre 1500 y 2500 m. Volando a esta altura, los aparatos consumirían menos carburante, y como se esperaba que los cazas nocturnos no opondrían gran resistencia, se decidió que los bombarderos no llevasen armas ni municiones, lo que, además, también permitiría reducir el número de hombres de las tripulaciones. En resumen, gracias a estas reducciones de carga, cada avión podría transportar más de 6 toneladas de bombas. 

El primer ataque de este tipo tuvo lugar la noche de febrero de 1945, cuando 174 bombarderos B-29 lanzaron una gran cantidad de bombas incendiarias destruyendo aproximadamente 3 kilómetros cuadrados de la ciudad. El 4 de marzo, 19 bombarderos B29 atacaron de nuevo el área urbana.

Como el objetivo era el gran complejo urbano de Tokio, no sería asimismo necesario' que los aparatos navegasen en formación, siguiendo al cabeza y guía, sino que cada uno de ellos podría atacar casi por su propia cuenta. Para esta primera serie de incursiones experimentales con bombas incendiarias, además de Tokio se señalaron Nagoya, Osaka y Kobe, en las cuales había numerosas industrias. Las bombas incendiarias M69 pesaban 2,7 kg cada una y se descargaban en paquetes de 38, contenidas en un envoltorio. Gracias a una espoleta especial de tiempo, al hallarse a unos 1500 m de altura el paquete de bombas se deshacía, dispersándose y estallando luego cada una en el momento del choque, difundiendo a su alrededor un compuesto de bencina gelatinizada. Por regla general, los B-29 transportaban 37 paquetes de 225 kg, cuya espoleta tenía un dispositivo de seguridad constituido por un hilo de acero que se quitaba en el momento del despegue. Para que los incendios se extendieran era necesario que sobre el objetivo soplase, a nivel del suelo, un viento suficientemente intenso. Para la incursión incendiaria sobre Tokio se eligió la noche del 10 de marzo. Esa noche, 334 B-29 despegaron de las islas Marianas hacia Tokio y, volando a unos 2000 m de altura, deberían llegar al objetivo inmediatamente antes del alba, a fin de aprovechar la cobertura de la oscuridad durante la incursión y la luz del día para posibles amerizajes forzosos en el vuelo de regreso; 279 de ellos consiguieron lanzar sobre la ciudad 1.700 toneladas de napalm. Los resultados de las incursiones fueron increíbles. Nadie había previsto que la ciudad fuera tan «incendiable». Por las fotografías obtenidas pocas horas después de la incursión, en los vuelos de reconocimiento, se supo que 43 km2 de la ciudad habían quedado completamente destruidos por las llamas. Y no sólo infinidad de pequeñas fábricas, sino también dieciséis objetivos ya preseleccionados para futuros bombardeos a gran altura habían sido igualmente destruidos.

En la «zona de defensa nacional» japonesa, en el Pacifico central, se habla abierto fatalmente una brecha desde el momento en que Saipan, Guam y Tinian cayeron en manos americanas en verano de 1944. El emperador, desconcertado, consultó a los altos consejeros de Ejército y de la Marina a fines de junio. El primer ministro, Hideki Tojo, ya en desgracia, presentó su dimisión en julio, admitiendo que “el actual gabinete no está en condiciones de alcanzar sus objetivos”. El 24 de septiembre, los aviones americanos empezaron a bombardear las principales islas del archipiélago japonés, y el nuevo primer ministro, Kuniaki Koiso, advirtió: ”Conviene que empecemos a considerar la posibilidad de que el enemigo llegue a desembarcar en el suelo de la patria». Pero los Aliados esperaban conseguir la rendición incondicional del Japón traduciendo la presión militar y económica en acontecimientos políticos. Sin embargo, la realidad era que a pesar de la calda de Iwo Jima en marzo de 1945 y la de Okinawa en junio, no se publicó por parte japonesa ninguna admisión de derrota, ni siquiera después de la rendición de Alemania. Pero los acontecimientos Seguían su marcha inexorable. El ritmo y la eficacia de los bombardeos aéreos norteamericanos se habían intensificado desde comienzos de 1945. En los primeros cinco meses de aquel año, el Japón fue bombardeado, según los cálculos del Estado Mayor del Ejército japonés, por 16.958 aparatos. El número de muertos ascendía a 214.261. Los informes norteamericanos indicaban a su vez que fueron arrojadas sobre el Japón 153.887 toneladas de bombas (de ellas 98.466 incendiarias). 


La destrucción de la ciudad de Tokio se consumó con los bombardeos de zona realizados el 14 de abril y el 24 de mayo. Murieron unas 100.000 personas, un número aún mayor que el producido por el lanzamiento de la Bomba Atómica en Hiroshima (85.000 muertos) o en Nagasaki (60.000 muertos). Durante este mes, parte de los edificios de los recintos del palacio imperial quedaron arrasados. Un informe de aquel periodo, del Ministerio del Interior, describe así el comportamiento de la población: 
«Las consecuencias de la incursión aérea (del 10 de marzo de 1945) obligaron a la población civil a abandonar la zona; en algunos sectores los habitantes olvidaron mantener llenas las cisternas del agua: carecían de preparación para la defensa antiaérea, y, por otra parte. la gente, desde el principio, se preocupó tan sólo de poner a salvo sus propias pertenencias y carecía de espíritu combativo para hacer frente a los bombardeos incendiarios... de manera que no era capaz de defenderse de un ataque aéreo». 
Tras las incursiones de mayo, el Ministerio del Interior admitió que las medidas para la defensa civil de Tokio y de otras ciudades debían considerarse inútiles. El jefe de la Sección de policía para la defensa aérea del Mando Supremo dijo. a su vez, que el pueblo habla empezado a darse cuenta de que el equipo y las medidas generales contra los ataques aéreos no servían para nada, y durante los últimos ataques aéreos hubo un éxodo general de las zonas alcanzadas. Los refugios antiaéreos eran ineficaces, en parte a causa de la escasez de materiales de construcción, sobre todo de acero y cemento para las estructuras de refuerzo. Los grandes centros de refugio exteriores hablan sido construidos con madera y protegidos con terraplenes, y carecían de iluminación, de instalaciones sanitarias y de asientos; en muchos casos fueron trampas mortales en las que perecieron asfixiados los que se habían refugiado en ellos. Además, ninguno de estos refugios públicos salvaba de las emanaciones de gases o del fuego. Se calcula que el tonelaje medio de las bombas arrojadas durante los bombardeos de zona realizados sobre Japón se elevó a cerca de 100 toneladas por km2. 

Si también allí hubiera incursiones aéreas, no será para destruir el suelo patrio sino la moral. Permitiremos al enemigo quebrantar nuestro espíritu combativo?! 
Los tres complejos urbanos que constituían la clave de la economía de guerra nipona fueron destruidos por el fuego de las incursiones aéreas en los siguientes porcentajes: Tokio, Yokohama, Kawasaki. 56%; Nagoya, 52%; Osaka, Kobe, 57%. Sesenta y cinco de las principales ciudades quedaron completamente devastadas: Kyoto fue la única ciudad importante que se respetó. Pero antes de junio de 1945, la ofensiva de los bombardeos incendiarios contra los mayores complejos urbanos había sido ampliada a las ciudades de importancia pequeña y media, en las que hubiera depósitos de materiales bélicos o instalaciones industriales auxiliares. Así, los bombardeos destruyeron el 72% de los edificios y provocaron la evacuación del 80% de la población de Hamamatsu, centro de producción de hélices para aviones e importante estación ferroviaria en la red principal de la isla de Honshu. La ciudad de Okayama, importante centro de producción de explosivos, metales y materias plásticas, fue destruida en un 62%. Considerando la gran descentralización de la industria japonesa, los porcentajes brutos de las destrucciones proporcionan también una indicación bastante precisa del daño material total causado a las instalaciones industriales niponas. Se hacía también evidente hasta qué punto el comportamiento de la población era distinto al previsto. En la ciudad de Kobe, por ejemplo, los obreros abandonaban el trabajo apenas sonaban las sirenas de alarma: en consecuencia, el simple sonido de las alarmas aéreas provocaba una interrupción inmediata en la producción industrial. Según informaciones recogidas por el Ministerio de la Guerra, en mayo de 1945, los porcentajes de asistencia a las fábricas de explosivos de todo el país, inmediatamente después de un ataque aéreo, descendían al 20 o 30 %. El porcentaje medio de ausencias en las fábricas de las zonas devastadas oscilaba alrededor del 40%. En las zonas no sometidas a los bombardeos, el cociente de ausencias era, por término medio, del 15%; pero en Kyoto, que no fue bombardeada, también las horas de trabajo perdidas se elevaron al 40% a primeros de julio de 1945. Asimismo, un resultado indirecto de las incursiones fue la dispersión de la mano de obra a causa del problema de los alojamientos. El profesor Shioda, economista de la universidad municipal de Tokio, describió así las perspectivas de un obrero japonés en aquellos días: 
«La asociación para servicios al Estado asignaba, a través de la industria, una ración suplementaria de sake, arroz o trigo a los "héroes del trabajo" que realizaban toda la labor encomendada. Para el resto no había más que palabras, pobre consuelo para un estómago vacío Y los obreros, agotados y mal nutridos no podían aumentar su eficacia laboral por más que se les exigiera. Al contrario. su capacidad productiva disminuía a medida que los bombardeos se intensificaban. Ninguna nueva idea, en sentido teórico o político, nacía del retrógrado movimiento espiritual, que disponía arcaicas ceremonias, como la adoración del Palado, la recitación del documento imperial sobre la instrucción, o tomar baños helados. He aquí el comentario de un obrero de la industria metalúrgica: "Las fábricas estaban impregnadas del tenebroso color de la guerra. Se asignaba a los obreros 12 horas de trabajo al día, más las horas extraordinarias y las extra-extraordinarias además. El tiempo libre en el curso del mes era insuficiente. Si un día nos quedábamos en casa los investigadores de la ciudad venían a vernos. Algunos que buscaron trabajos suplementarios para compensar el bajo salario, fueron arrestados y metidos en la cárcel"»
Según los datos del Ministerio del Interior, las cifras mínimas de las pérdidas entre la población civil japonesa a causa de las incursiones aéreas son las siguientes: 241.309 muertos, 313.041 heridos, 8.045.094 sin hogar. 2.133.388 edificios destruidos y 110.928 parcialmente destruidos. El número de edificios arrasados suponía por lo menos e) 30% del total nacional. Hay que aclarar, sin embargo, que los propios japoneses demolieron 615.000 edificios para aislar los incendios; de ellos, 214.000 en la capital. La evacuación en masa de civiles japoneses de las zonas urbanas comenzó en 1944. Entre enero y septiembre, 1.000.000 de personas abandonaron Tokio. La población de la capital descendió entonces de 5.000.000, en enero de 1945. a 2.453.000 en junio del mismo año. Asimismo, alrededor del 55% de los habitantes de la zona de Nagoya fueron evacuados: la misma suerte corrió el 6% de los que residían en la zona industrial Osaka-Kobe. En total, cerca de 8.295.000 personas de todas las categorías sociales fueron evacuadas en todo el Japón.

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domingo, 19 de febrero de 2017

Los campos de "Reubicación" en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial

La entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial tras el ataque a Pearl Harbor dio pie a uno de los capítulos más oscuros y desconocidos de su historia, cuando miles de japoneses fueron confinados como enemigos en campos de concentración.

Washington temió represalias tras declararle la guerra al imperio nipón un día después de la ofensiva en Hawái, el 7 de diciembre de 1941, y puso en marcha la maquinaria para proteger su territorio.

En febrero de 1942, el teniente general John L. De Witt, comandante general de la defensa del oeste de los EE.UU., pidió autorización al Ministro de la Guerra, Henry L. Stimson, para evacuar “japoneses y otros sujetos subversivos” del área de la costa oeste.

Roosevelt
Mediante la Orden Ejecutiva 9066 ) que autorizaba al Ministro de la Guerra o a cualquier jefe militar para establecer “áreas militares” y excluir de ellas “a cualquier persona.” y un mes más tarde la 9102, estableciendo la “Autoridad Militar de períodos de guerra” que operaba en los campos de internamiento. Roosevelt nombró a Milton Eisenhower, hermano del futuro presidente, para aplicar y dirigir esta ley excepcional. Sin la menor disensión, el Congreso ratificó la Orden ejecutiva No 9.066, con la aprobación de la Ley Pública oportuna.

firmadas por Roosevelt el 19 de febrero de 1942, nació en marzo de ese año la War Relocation Authority, algo así como una agencia civil pública encargada de “reubicar” en campos de concentración a americanos con raíces japonesas para mantenerlos lejos de posibles áreas sensibles y, también, para ser protegidos de ataques por parte de la población. Esto último era posible, claro está, pero no dejaba de ser una excusa para librarse de los “japos”, considerados como posibles topos o agentes peligrosos, espías y demás mala calaña para la buena marcha de la guerra.

El gobierno creó diez campos de concentración en California, Utah, Idaho, Wyoming, Colorado, Arizona, Arkansas y Georgia. En total albergaron a más de 112.500 japoneses-estadounidenses hasta 1945.
La familia Mochida, preparándose para su "reubicación"
La existencia de estos campos ha pasado casi desapercibida a lo largo de los años. Los japoneses-estadounidenses se convirtieron en un problema de seguridad nacional cuando el país se concentró en atacar los frentes enemigos en Europa y el Pacífico.

Su ayuda vital para derrotar al régimen nazi eclipsó lo que estaba pasando dentro de sus fronteras, tanto dentro como fuera del país.

En los primeros meses que siguieron al ataque a Pearl Harbor muchos supusieron que habría otros ataques contra la costa oeste de los EE.UU. El miedo dominó el país y una oleada de antipatía histérica hacia los japoneses sumergió la costa del Pacifico.

El FBI comenzó a detener a todos los japoneses “sospechosos”. Ninguno estuvo jamás acusado por crimen alguno. Casi todos eran simples miembros de la comunidad japonesa: sacerdotes sintoístas o budistas, periodistas, profesores de idioma japonés o sindicalistas. Los líderes de la colonia japonesa fueron liquidados así en una rápida operación.

Los hombres fueron deportados sin avisar. La mayoría de las familias no sabían por qué habían desaparecido, adónde habían sido llevados o cuándo serían excarcelados. Algunos de los arrestados fueron pronto puestos en libertad, pero la mayoría de ellos fueron transportados secretamente a campos de internamiento por todo el país. Muchas familias supieron sólo años más tarde lo que había ocurrido con sus familiares. La operación incluyó también la congelación de cuentas bancarias, la incautación de bienes, drásticas limitaciones en los viajes y los desplazamientos, toques de queda y otras medidas restrictivas. Sin embargo, esta operación del FBI apenas anunciaba la siguiente etapa de la evacuación en masa.

En los inicios de marzo el US Army (ejército de los EE.UU.) preparó la evacuación de casi 77.000 ciudadanos americanos de origen japonés (los Nissei) y de 43.000 japoneses (Issei) de los Estados de California, Washington, Oregon y Arizona. A lo largo de toda la costa oeste aparecieron carteles con la orden de presentarse en los puntos de evacuación: “Instrucciones para todas las personas de ascendencia japonesa” -se podía ver en grandes caracteres, en el encabezamiento-. El texto decía: “Todos los japoneses, extranjeros o no, serán evacuados en los puntos arriba citados el martes siete de abril a las 12 horas del mediodía.” Se advirtió a los evacuados para que acarrearan sus propios colchones y para que llevaran, como mucho, el equipaje que pudieran en una mano (un informe de posguerra señalaba que el 80% de los bienes almacenados pertenecientes a japoneses internados fueron “saqueados, robados o vendidos durante su ausencia,).


Los 23.000 japoneses que vivían en la costa oeste del Canadá, de los cuales tres cuartas partes eran ciudadanos canadienses, fueron perseguidos también. No se les permitió volver a la Columbia británica hasta marzo de 1949, siete largos años después de la evacuación y tres y medio después del fin de la guerra. El Departamento de Estado obligó a los países de la América Latina para que acorralaran a “sus” japoneses. Aproximadamente 2.000 japoneses fueron embarcados desde doce países hacia diferentes campos de concentración en los EE.UU. La mayoría fueron enviados por el Perú, que quiso eliminar a todos los japoneses y aún después de la guerra rechazó la entrada de aquellos que habían sido deportados a los EE.UU. Brasil, Uruguay y Paraguay establecieron sus propios programas de internamiento. Argentina y Chile, no rompieron relaciones diplomáticas con el Eje hasta casi el final de la guerra. Así y todo, los japoneses no fueron ni detenidos ni internados.

La razón esgrimida para la evacuación de la costa oeste fue la del “interés militar”. Pero esta argumentación se mostró inconsistente por el hecho de que los japoneses residentes en Hawai no fueron internados en masa. Y eso que Hawai estaba en un peligro de invasión mucho mayor que la costa oeste americana. La población de la isla de Hawai estaba constituida en un 38% por japoneses, en comparación con el 1% que suponían de toda la población de California. Con la excepción de un pequeño número de hawaianos japoneses, todos permanecieron en libertad para mantener el funcionamiento económico de la isla.

La evacuación, establecida teóricamente contra sabotajes y espías, alcanzó e incluyó a bebés huérfanos, niños adoptados y aún a ancianos e impedidos. Los niños mestizos, si procedían de internados, también eran internados. El coronel Karl Bendetsen, que dirigía la operación, declaró: “Si tienen una sola gota de sangre japonesa irán a los campos de concentración. Esa es mi determinación”.

El Gobierno norteamericano manifestó que los centros de detención no tenían nada que ver con los horribles campos de concentración de sus enemigos en Europa. La agencia de relaciones públicas del Ejército se refería constantemente a ellos como “Campos de reasentamiento” y “asilos para refugiados”. El Departamento de Estado negaba que los centros fueran campos de concentración: “por el contrario, las zonas donde estas comunidades están establecidas permiten a los japoneses el poder organizarse social y económicamente con la protección de las autoridades centrales de los EE.UU”. En un artículo publicado por la oficina de relaciones públicas del Ejército, en septiembre de 1942, un oficial se dirigía a los norteamericanos en términos similares y añadía que “a la larga los japoneses sacarán provecho de esta terrible y dolorosa experiencia”.

Fueron un total de 120.000 los que estuvieron internados en los campos de detención construidos por el Gobierno. ¿Fueron estos centros de internamiento auténticos campos de concentración? William Denman, juez jefe de la Novena Corte de Apelación, describió así el Campo de Lago Thule:
“Las alambradas de espino rodeaban a las 18.000 personas, igual que en los campos de concentración alemanes. Había las mismas torretas, con las mismas ametralladoras, destinadas para aquellos que intentaran escalar las altas alambradas. Los barracones estaban cubiertos por cartón alquitranado y esto teniendo en cuenta las bajas temperaturas invernales de Lago Thule. Ninguna penitenciaria del Estado trataría así a un penado adulto y allí había niños y recién nacidos. Llegar a las letrinas, situadas en el centro del campo, significaba dejar las chozas y caminar bajo la nieve y la lluvia. Una vez más el tratamiento era peor que en cualquier cárcel, sin diferenciar, además, a niños o enfermos. Por si fuera poco, las 18.000 personas estaban hacinadas en barracones de una sola planta. En las celdas de las penitenciarías estatales jamás hubo tales aglomeraciones”. 
El Ejército utilizó seis vehículos blindados y un batallón de policía militar (31 oficiales y 899 suboficiales y soldados) para la custodia de este Campo de Lago Thule, en California. Otros campos poseían cercas electrificadas, un sinsentido si tenemos en cuenta que todos estaban situados en desiertos y zonas desoladas. Cada campo contaba con potentes focos que por la noche iluminaban hacia los barracones.

Se disparó contra cientos de internados, sufriendo muchos de ellos heridas. Ocho murieron por arma de fuego. En otras ocasiones los japoneses fueron golpeados brutalmente sin razón alguna. En el Campo de Lago Thule los guardianes tenían a gala el golpear a los detenidos con bastones de base-ball. Cuando los japoneses del campo californiano de Manzanar se manifestaron contra las condiciones de vida, los soldados arrojaron botes de humo y a continuación abrieron fuego. Un internado murió en el acto y otro más tarde. Otros nueve fueron gravemente heridos. Hubo japoneses que, desesperados, se suicidaron. Otros murieron a causa de las paupérrimas condiciones de vida.

A menudo tres generaciones de una misma familia vivían en una habitación de 6 x 7 metros. Algunas veces eran dos o tres familias distintas las que se alojaban en la misma habitación. Una bombilla era el único mobiliario, excepción hecha de aquel que los internados pudieron construirse. En otros casos las familias fueron enviadas a establos recién “reconvertidos”, donde el hedor se volvía insoportable en verano.

Todo el correo era censurado, así como las comunicaciones internas. El japonés estaba prohibido en reuniones públicas y los servicios religiosos fueron suprimidos. Los prisioneros estaban obligados a saludar a la bandera, cantar canciones patrióticas y a declarar su lealtad a la nación “una e indivisible, con libertad y justicia para todos.”

Uno de los aspectos más significativos de esta represión racista es el hecho de que no fue protagonizada por una “clique” de fascistas y militares de extrema derecha, sino que  -por el contrario- fue propagada, justificada y administrada por hombres bien conocidos por su apoyo al liberalismo y la democracia.

Condenado hoy en día por todo el mundo el programa de internamiento de japoneses, es difícil darse una idea del alcance y del apoyo que entonces tuvo. La vasta operación -como J. Ten Broek apunta- fue 
“iniciada por los generales; asesorada, ordenada y supervisada por los jefes civiles del Departamento de Guerra; autorizada por el presidente; sufragada por el Congreso; aprobada por la Corte Suprema y aprobada por el pueblo”. 
La primera demanda pública pidiendo el internamiento de los japoneses parece que fue hecha a comienzos de enero de 1942 por John B. Hughes, importante locutor de la Mutual Broadcasting Company. Poco después, Henry McLemore, columnista de la red de periódicos Hearts, decía a sus lectores: “Estoy por el traslado inmediato de todo japonés de la costa oeste de los EE.UU. a algun lugar lejano, en el interior; y no quiero decir tampoco a un lugar bonito. Que los reúnan como a un rebaño y que los despachen a lo más hondo de las regiones yermas. Dejémosles que palidezcan, enfermen, tengan hambre y mueran. Personalmente, odio a los japoneses. Y esto va por todos, sin excepción”. 

El popular actor Leo Carrillo telegrafió al diputado de su circunscripción: 
“¿Por qué esperar a que los japoneses se sobrepongan antes de que actuemos?…Trasladémoslos inmediatamente de la costa hacia el interior… Le insto en nombre de la seguridad de todos los californianos para que la acción se inicie inmediatamente”. 
En febrero, una delegación de congresistas de la Costa Oeste escribió al Presidente pidiendo “una evacuación inmediata de todas las personas de ascendencia japonesa… ya sean extranjeras o ciudadanos de los EE.UU., de la costa del Pacífico.”

En una emisión radiofónica para el sur de California, en conmemoración del aniversario de Lincoln, Fletcher Brown, a la sazón alcalde de Los Ángeles, denunció el “enfermizo sentimentalismo, de aquellos preocupados por las injusticias cometidas contra los japoneses residentes en los EE.UU… Afirmó que si Lincoln viviese “detendría a la gente nacida en suelo americano que guardase secreta lealtad al emperador del Japón.” “No hay la menor duda -afirmó Brown ante su audiencia- de que aquel Lincoln, de apacible aspecto, cuya memoria hoy recordamos y reverenciamos, hubiese detenido a todos los japoneses y los hubiese llevado donde no pudieran causar ningún daño”.

Walter Lippmann -probablemente el más famoso de los columnistas del país- apoyó sin cortapisas la evacuación en masa en un artículo aparecido en febrero y titulado “La quinta columna de la costa”. Westbrook Pegler, su oponente conservador, siguió sus pasos días más tarde.

Sólo una semana después del ataque a Pearl Harbor, el congresista por Missisipi, John Rankin, afirmaba en la Cámara de Representantes: 
“Propongo que se capture a todos los japoneses de América, Alaska y Hawai y se les interne en campos de concentración; y se les envíe cuanto antes hacia Asia. Esto es una guerra racial. La civilización del hombre blanco ha entrado en guerra con el barbarismo japonés. Uno de los dos habrá de ser destruido. ¡Condenémosles! ¡Deshagámonos de ellos ahora!” 
Otro miembro del Congreso propuso la esterilización de todos los japoneses. Todas estas manifestaciones estaban en consonancia con el sentimiento popular.

Inmediatamente después de Pearl Harbor los japoneses fueron excluidos de varios sindicatos. Entre el 8 de diciembre y el 31 de marzo la ira antijaponesa produjo 36 agresiones, además de 7 muertes. Una encuesta realizada en enero de 1942 arrojaba cifras de un 93% de encuestados favorables a la evacuación de japoneses con pasaporte extranjero, mientras que un 59% quería que se expulsara también a los que tenían pasaporte norteamericano y sólo un 25% desaprobaban expresamente esta medida.

Se dio muchísima importancia al hecho de que los inmigrantes nacidos en el Japón, pero residentes en los EE.UU. desde hacía décadas no se hubieran nacionalizado, como supuesta prueba de su lealtad al emperador. Pero no se mencionó una antigua ley, no derogada hasta 1952, que les privaba de obtener la ciudadanía norteamericana.

Desde el comienzo de la guerra se extendió el mito de que fueron poderosos grupos antijaponeses los que planearon la evacuación para anular su poderío económico. Sin embargo, la realidad es otra muy diferente. Mientras muchos pequeños propietarios pedían la evacuación, las grandes empresas no prestaron la más mínima atención al asunto.

Los japoneses fueron deportados en un momento en que la nación apoyaría cualquier tipo de medida tomada por el gobierno federal en nombre de la victoria. El hecho de que los japoneses fueron enviados a campos de concentración, y no por grupos de recalcitrantes racistas para hundir el poderío económico de los nipones, sino por un gobierno poderoso y populista, dirigido por demócratas y liberales es bien revelador. En la cúspide de la lista de los responsables — no sólo de autorizar, sino también de llevarlo a término — estaba el presidente F. D. Roosevelt.

Antes de promulgar la Orden N· 9.066, el fiscal general de los EE.UU. advirtió a Roosevelt que la seguridad del Estado no justificaba la evacuación de los japoneses. La Oficina del Fiscal General también manifestó que la evacuación supondría una violación de la Constitución.

El decano de los historiadores revisionistas americanos, Prof. James J. Martin, calificó el programa de evacuación como una “transgresión de los derechos humanos tan importante como para ridiculizar a todas las violaciones de los derechos humanos ocurridas desde el comienzo de los EE.UU. hasta hoy”. Roosevelt autorizó, apoyó y mantuvo una acción que sabía racista y descaradamente anticonstitucional. Pero este no es sino otro ejemplo de la enorme hipocresía con que siempre se condujo.

El responsable de organizar la evacuación, teniente general De Witt, declaró: “En esta guerra en que nos encontramos, una simple migración no rompe las afinidades raciales. La raza japonesa es una raza enemiga y aunque hayan nacido dos o tres generaciones en los EE.UU., posean la nacionalidad y se hayan ‘americanizado’” sus lazos raciales permanecen insolubles… De esto se sigue que a lo largo de la costa oeste hay 112.000 enemigos potenciales de origen japonés. Henry L. Stimson, ministro de la guerra, fue más lejos: “Sus características raciales son tales que no podemos comprenderlos ni fiarnos de ellos”.

Otra persona bien conocida por sus amplias miras liberales que ayudó a la organización de la evacuación y al internamiento Fue el Subsecretario de la Guerra, John J. McCloy, que durante cuatro años sirvió de enlace entre el Ministerio de la Guerra y la WRA (Autoridad Militar especial en tiempo de guerra), la agencia que gobernaba los campos de concentración. Después de la guerra, McCloy fue nombrado alto comisionado en Alemania y como máximo cargo aliado de la ocupación, McCloy trabajó arduamente para imponer la democracia al vencido pueblo germano.

El jefe del gabinete civil del Mando Oeste de Defensa y enlace con el Departamento de Justicia, fue Tom Clark, que más tarde sería también partícipe de los juicios de Nuremberg. En 1966 Clark declaraba: 
“Sin duda he cometido errores en mi vida, pero hay dos que públicamente reconozco y deploro: uno es mi intervención en la evacuación de los japoneses de California; la otra es el juicio de Nuremberg.”
Abe Fortas fue otro liberal de la Corte Suprema de Justicia que tomó parte activa en la campaña contra los japoneses. Quizá fue Earl Warren el más sorprendente abogado de esta causa.

Considerando su larga carrera de liberal vocinglero es paradójico cuando menos que él, más que ninguna otra persona, liderara el sentimiento popular antijaponés, que hiciera más que nadie para que los japoneses fueran deportados y encarcelados. Como fiscal general de California Warren azuzó el racismo, en manifiesto esfuerzo por promover su carrera política. Era, además, miembro de la xenófoba organización “Hijos del país del dorado Oeste” dedicada a conservar California “como ha sido siempre y Dios entiende que debe ser: el paraíso del hombre blanco”. Los miembros de esta organización pretendían “Salvar California de la invasión amarilla y de sus compañeros renegados blancos”.

En febrero de 1942 Warren testificó ante un Comité especial del Congreso sobre la Cuestión Japonesa. Ese año se presentaba a Gobernador del Estado y resultó elegido. Warren testificó, falsamente, que “los japoneses se habían infiltrado en cada punto estratégico de la costa y de los valles.” A continuación Warren afirmaba, en asombrosa elucubración, que el hecho de que ningún japonés hubiera cometido hasta entonces un hecho de deslealtad era una prueba de que en el futuro los cometerían. Más tarde, cuando el Gobierno comenzó a liberar japoneses cuya lealtad estaba fuera de toda duda, el Gobernador Warren protestó para que cada japonés liberado fuera apartado de California como potencial saboteador. Sorprendentemente años más tarde, este hombre que había ascendido gracias a la xenofobia antijaponesa, realizó desde su cargo de jefe de justicia de la Corte Suprema una política abiertamente favorable a los negros.

Después de la evacuación muy pocos quisieron a los japoneses nuevamente en California. Un periodista, Robinson, amenazó con degollar a cualquier deportado que osara volver. La congresista por California, Clair Engle, declaró: “No queremos a esos japoneses de vuelta y cuanto antes nos deshagamos de ellos, mejor”. Un sondeo realizado por un periódico de Los Ángeles a finales de 1943 mostraba que los californianos, en una proporción de 10 a 1, votarían por impedir que los ciudadanos de origen japonés se reintegraran en sus vidas normales. En los seis meses siguientes al fin del programa de evacuación se produjeron más de treinta agresiones contra la vuelta de los internados. En Fresno y en otros lugares cercanos, las casas de las familias recién regresadas fueron atacadas. Las organizaciones antijaponesas se multiplicaron en California y en la costa Noroeste.

Apenas existió oposición al Programa de Evacuación. Una curiosa excepción: Edgar Hoover, jefe del FBI, protestó enérgicamente contra el Programa. Este hombre, tan denostado por los liberales norteamericanos como la personificación del fascismo y la reacción en los EE.UU., creía que la histeria de la evacuación estaba “basada más en la presión de los políticos que en hechos reales.” Afirmó que el FBI era perfectamente capaz de controlar a los pocos sujetos sospechosos.

Por su parte el predecesor de Warren, el Gobernador liberal de California Culbert L. Olson, tenía un motivo muy especial para oponerse a la evacuación. Propuso que, en vez de internar a los japoneses adultos en campos de concentración, se les llevara a las áreas rurales donde se localizaban las principales cosechas. Si los japoneses no se ocupaban de esas duras tareas — temia Culbert — “la avalancha de chicanos y negros será inevitable”. 

Seguramente la única personalidad honesta en esta historia fue Norman Thomas, el líder de los socialistas norteamericanos, cuya actitud fue, cuando menos, nada hipócrita y considerada desde la perspectiva actual, casi heroica. Thomas había sido el portavoz y el líder verdadero del movimiento para mantener a los EE.UU. fuera de la conflagración mundial y fue la única personalidad en oponerse vehementemente al Programa de Evacuación. Thomas denunció la política de la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU), de la que, sin embargo, había sido co-fundador, cuando la ACLU manifestó que la Evacuación caía dentro de las atribuciones del Presidente, “lo que es quizá tan ominoso como la Evacuación misma… y es comúnmente aceptado por esos que tan orgullosamente se autocalifican de liberales”.

Este raro y honesto liberal se consternaba ante la general tolerancia del Programa y así lo escribió: 
“Con mi experiencia de casi treinta años nunca encontré más difícil el hacer despertar al pueblo norteamericano en un asunto tan importante. Los hombres y mujeres que no conocen los hechos (a excepción de la versión de color de rosa de la prensa) niegan vehemente que haya campos de concentración; aparentemente es un término sólo utilizable cuando los guardianes hablan alemán”. 
La Corte Suprema falló sobre casos relacionados con el programa de Evacuación. En el Caso Hirabayashi (1943) la Corte falló unánimemente a favor de una condena contra un grupo de personas, diferenciadas únicamente por su origen racial. En el caso Korematsu (1944) se juzgaba a un Nissei (ciudadano de origen nipón) que se negó a aceptar la evacuación. El juez Hugo Black, hablando por el jurado, decidió que el Programa era válido. Ignorando las garantías constitucionales y la igualdad ante la ley, el tribunal decidió que un grupo de ciudadanos pueden ser discriminados y arrancados de sus hogares, internados en campos de concentración durante varios años, sin prueba alguna, únicamente por su origen.

La pesadilla duró bastante tiempo, hasta que la Orden Ejecutiva 9742, firmada esta vez por Truman, significó la ejecución del cierre del último de los campos, el de Tule Lake, en marzo de 1946. 

Washington terminó por reconocer que la medida fue un error y se disculpó con las víctimas. La administración de Ronald Reagan indemnizó a cada superviviente con 20.000 dólares en 1988.



Campo
Ubicación
Condiciones
Situación sanitaria
Granada
Extensión: 600 ha
Población: 7.319.  De ellos 6.285 estadounidenses, la mitad de origen rural y el resto urbano.
Prowers County Colorado, ubicado en una colina a 1100 metros sobre el nivel del mar.
Campo árido y polvoriento.
La poliomielitis fue el problema más grave de este campo.
Heart Mountain Extensión: 18.400 ha
Población: 10.767.

Propiedad federal en el norte de Wyoming. Elevación 1.400 m
Severo con temperaturas mínimas de hasta 35ºC bajo cero.  Polvoriento.   Los mayores problemas eran el polvo y las serpientes.
El mayor problema sanitario se debió a que los internos procedían de zonas calurosas, no acostumbrados a los climas fríos.
Jerome
Extensión: 4.000 ha
Población: 8.497
Sureste de Arkansas
tropical, verde y húmedo, rodeado por áreas donde se desarrollan la mayor cantidad de serpientes en el país.
Buena.  El campo no estaba muy vigilado.
Manzanar
Extensión: 2.400 ha
Población: 10.046
Valle Owens 360 Kms al norte de Los Angeles.
Desérticas, con inviernos y veranos muy severos.
Buena. Fue el campo más custodiado debido a la agresividad de los pobladores de la zona contra la población interna.
Minidoka
Extensión: 13.400 ha
Población: 9.397
Jerome County en el centro sur de Idaho
Hostiles con grandes tormentas de polvo. 
Buena
Poston
Extensión: 28.400 ha
Población:  17.814
Yuma County Arizona, en la Reserva India de Colorado.
Desértico, el más caluroso de todos los campos.
Buena
Rohwer
Extensión: 4.000 ha
Población: 8.475
Desha County, al sureste de Arkansas
lluvioso caliente y húmedo
Buena.  La mayoría de los internos eran de procedencia urbana.
Topaz
Extensión: 8.000 ha
Población: 8.130

Utah, 224 Kms al Sur de Salt Lake City. A 1400 m sobre el nivel del mar.
Temperatura 41ºC en verano y -35ºC en invierno.  Mucho viento y tormentas de polvo.
Buena
Lago Tule
Extensión: 10.400 ha
Población: 18.789
norte de California, justo al sur de la frontera con Oregon.
Relativamente tolerable, a 1.220 m sobre el nivel del mar, ubicado en lo que fue un lago.
Buena